Igual que las respuestas que busca,
Glauca es ambigua.
Nace del fondo y en el fondo.

Glauca dice :¿Por Qué?

Ad Hoc

martes, 30 de marzo de 2010

Relato nº 6 IVáN




A España sólo llegó la mitad de Iván. O eso pensaba él.

Llegó desde Colombia y antes desde Italia, y antes de eso... había una solitaria playa, un sol tan blanco que dañaba el alma. Recordaba sin dejarse un centrimetro, un cuerpo bronceado, unas piernas eternas,.. sus labios... acuosos...
¡La pura imagen del dolor atravesaba su arrugado corazón con sólo iniciar su recuerdo¡
Iván vivia solo. Comía solo. Hablaba solo. Sólo veia la luz del sol un día a la semana. No era por gusto, sólo podia verla ese dia. Sólo un triste dia, llevaba su enorme cuerpo a pasear.
Y...mientras, vivía las vidas ajenas. Iván no tenía vida paralela. Tenía varias vidas paralelas.
Sus enfados, sus placeres, sus problemas eran los de los otros. No es que él no tuviese los suyos propios, pero le parecían incluso más ajenos a él mismo que los de los demás. No los soportaba.Sus curas diarias, mirarse soslayadamente las heridas, sus humillantes limitaciones, mataron la mitad de Ivan. Las odiaba profundamente de un modo grande, sangrante. Odiaba la torpeza, la debilidad que las causó, en él y en los demás.
Sólo los sobrellevaba. Solo, los sobrellevaba.

Los casi dos metros de Iván nacieron de un pueblo del norte de Rusia .De una madre que le dió la lengua con la que ahora trabajaba, y de un padre que le pintó los cabellos de oro blanco y le apretó unas mandibulas que en su tiempo causaron terror. Su esp
íritu era de tantas partes como sitios había visitado. Pero su movilidad ahora reducidísima,sólo le permitía trabajar en lo que había encontrado al llegar. No lo buscó, pero ese absurdo trabajo le permitía colarse por las rendijas humanas de gentes que, probablemente buscaban lo que él; compañia, sexo, olvido. Y él las oía, sin escucharlas ,las vivía sin vivirlas, las guiaba por sendas oscuras que nunca imaginaron recorrer.
El nuevo sexo de Iván, adquirido por sorpresa, sólo se producía en su mente pero para esas personas era muy real. Poseía una orda de seguidores que suplicaban su dominio y adiestramiento. Ivan sacaba lo mejor y lo peor de ellos.Todos sin excepción estaban al arbítrio del humor de Iván en ese día.Y el humor de Iván variaba según el dolor que sintiese en esa hora. Cuanto más dolor, más cruel era su comportamiento. Cuanto más ensañamiento, más éxito.
Un dolor físico lo atravesaba de costado a costado, casi cada segundo del día, y se unía a el, un dolor espiritual que encogía su poderosa mente y marchitaba sus escasas esperanzas.
Iván no tiene amigos.O eso cree. Pero ya muchos le conocen.Otros que el cree que no están aún siguen ahi. Estamos todos aquellos a quienes confiaste tus verguenzas y tus dudas.
Sólo los corazones gemelos en desdichas , que son más de los que él cree que le rodean, han reconocido el chirriar de huesos, el aullido de sus negros sueños, y el alboroto de sus sabanas sucias, y,espantados, reconocidos a sí mismos en algún momento de sus vidas, alertados, hacen causa común, dejan perjuicios y secretismos a un lado, reniegan de sus apodos y entran en Red, y en Rec, para tejer juntos un puente, un regalo para Iván, que queremos sea tambien un regalo para los traicionados, para los que almuerzan las migajas de humanidad que encuentran en los cubs ciberneticos que frecuentan invariablemente todos los dias, para los que cenan sin saber qué, con los ojos ya llorosos e irritados fijos en la pantalla, para los que la madrugada los descubre sin duchar, sin dormir y con los restos de un sexo cutre, miserable y bochornoso, en las manos.

Por las noches, inevitablemente, vuelven a Iván sus dulces caricias, sus muslos prietos trepandole, abriendose, Su boca le busca todas las malditas noches de esta miserable vida que se vió abocado a llevar. Dora, Dora...¡maldita Dora¡ ¿Para qué le ensañaste el cielo y luego le echaste a tus perros? Y...¿por qué tus perros le llevaron al infierno? Dora disfrazada de cordero.
Su dulce acento colombiano fue para Iván en aquellos días de vino y rosas, el descanso de un corazón maltrecho por las terribles maldades humanas que había tenido que ver en tantos años de guerras. Fue su traición, la traición más espantosa que persona alguna pudiese imaginar la que lo trajo a esta habitacion repleta de ordenadores, de tubos y maquinas.
De vasos de plástico con posos de café en los que sin duda, se puede leer el trágico final de Iván.

Pero Iván no sabe que se puede evitar. En realidad , nosotros sabemos que Iván no quiere evitarlo. Busca su destrucción , grita su desgracia, pinta su dolor. Lo recordamos, Ivan.
Huyendo de toda caricia que le recuerde que aún circula sangre roja por su piel, intentaste huir a otros lugares, cambiando nombre, consturmbres, pero hay grabados, Iván que no se olvidan.

Desde aqui, yo soy la voz de nosotros que hemos oido y visto tu miedo y tu odio.
Queremos y deseamos desde estas ondas donde circula tu vida, desde estos cables que son ya tus venas, que mires con atención y recogas este puente que lanzamos. Te traerá de nuevo a una vida con sol, y con nieve, en la que probablente puedas encontrar un modo de aprender a olvidar sin ese rencor que te está pudriendo el estomago, podrás compajinar las vidas que desees pero sin que ellas sean una salida desesperada a la soledad, y, podrás si vuelves a ver con el azul de tus ojos, y no con el negro glauco que los empaña, encontrar a otra Dora que no albergue en su corazón una ambición tan inhumana y terrible como para entregar un corazon guerrero a "Los desastres de la Guerra" .

sábado, 20 de marzo de 2010

Reflexion nº 2: Tu grito sordo

De golpe abres los ojos sobresaltada pero inmóvil. Pestañeas con dificultad y los frotas paliando el dolor que la leve y medrosa luz que entra por la persiana te causa. La boca seca, pegados los pálidos labios, casi no sientes las manos ni los pies entumecidos. No sabes donde están. Sientes la camiseta pegada al pecho húmedo, el cuello empapado en sudor. No acabas de despertar de una pesadilla. O al menos no la recordáis. Pero es así cada mañana. Cada espantosa mañana.
Intentando hacer un esfuerzo, que se os antoja sobrehumano, os situáis mentalmente; Donde estás, qué día es hoy, que tengo que hacer. Sí, si... eso, cosas que hacer. La recién nacida idea, parece tranquilizar tu alocado corazón qué, sin motivo aparente late desbocado.
La profunda angustia matinal comienza a remitir y ya puedes moverte levemente.
Hay que levantarse.
Hay que hacerlo, os decís una y otra vez, buscando desesperadamente las fuerzas para hacerlo realidad. Pero las fuerzas no están, no vienen, no existen. Os volvéis a desesperar buscándolas. Conoces el proceso, pero ello no te evita la agonía de volverlo a revivir una y otra vez.
Resignado y aún sin saber cómo, posas tímidamente los pies en el frío suelo, y, respiras el aire viciado de la habitación pareciéndote que es el único aire que tus pulmones respiran en los últimos tiempos. ¿Cómo olía era el aire de sabor naranja que traía la primavera?
Es la hora. Mejor dicho; antes de la hora. El inútil despertador no llega a sonar nunca, porque tú ya estás despierto.

Hay que desayunar.
Pero antes, hay que lavarse la cara, lavarse el cuello. Hay que entrar en la ducha para comprobar, para intentar que se aleje por el sumidero la pegajosa agonía que aún sientes trepar por tu espalda y, que es en verdad el desayuno de todas tus mañanas. La ducha alivia el cuerpo, pero parece que roza, solo roza una segunda piel que tortuosamente os cubre por completo y que has criado noche a noche . Un pellejo grueso, duro y arrugado. El agua hirviendo ni siquiera lava esta primera capa, pero al menos te devuelve al asqueroso mundo de los vivos. Olvidas cerrar el grifo. Esto también es frecuente. Injustamente, olvidas lo más elemental, teniendo sin embargo presente lo que más quisieras olvidar.

Hay que desayunar. Eso ya os lo habías dicho, ¿verdad?
Té, café, magdalenas, bollos, tostadas. Todos los días procuras ampliarle la oferta a tu estomago, pero tu boca se niega a distinguir lo que le ofreces, enviando la espantosa sensación a tu cerebro de que todas las mañanas desayunas trapos con agua sucia. Pero sabes que aún siendo así, HAY que desayunar.
Y lo que HAY que hacer, se hace.
La taza, la tetera el cubierto, pesan cada día más. El horno cada gris mañana se ríe socarronamente de ti ampliando el tiempo que gasta en dorar unas miserables rebanadas de pan. Pero hay que desayunar. Masticar, tragar, beber...masticar,.... tragar,... beber. Que no se olvide ningún paso.

Ahora toca volver al baño. Los dientes. Hay que frotarlos. La pasta se desliza con dificultad, pastosamente, por tu boca seca y después de que la enjuagues concienzudamente con litros de agua, y la refresques con colutorios de prometedores sabores a menta, hierbas, y aires marinos, sigues sintiéndola sucia, seca, pequeña, arrugada y escondida como la de las viejecitas que constantemente se humedecen los labios en un mecánico intento de encontrar con qué lubricar su reiterado y triste monologo.

Siguiente paso; Vestirse.
Hay que vestirse.
Aunque gustosamente darías un brazo si pudieses permanecer medianamente tibia tras tu enguatada bata y tu pijama nórdico de mil capas. Siempre hace frío. Lo temes y él que lo sabe se ensaña contigo. Se cuela por los pies, se cuela por el cuello, se instala en el vientre, se desliza hasta tus sienes.
Un zumbido sordo y espantosamente silencioso anega tus oídos, al sentir la punzada del gélido aire de la habitación donde te vistes todos los días.
Te vistes todos los días.
Te vistes todos los días.
Sí , eso haces. Sí.
Dentro, en lo que crees es tú alma no puedes oír a nadie ni a nada porque ese aire sopla con fuerza una ventisca del norte. Los aires del norte, - todos lo saben - invitan a hacer la maleta, pero ya ni siquiera sabes hacer una maleta. ¿Donde está? ¿Que voy a poner en ella? ¿Adonde me llevará este temporal norteño? Sólo imaginar el titánico esfuerzo que supondría te estremeces de espanto.

¡Ah si ¡ La ropa. La ropa.
Hay que vestirse.
A través de las pertinaces cataratas de tus ojos buscas con dificultad algo que sea abrigado. Miras intentando orientarte y ,casi por inercia, por la ventana. Hoy luce el sol. Hay sol. Sol. Parece que hace sol. Quizá no haga tanto frío. Pero el sol, el calorcito que recuerdas, ya no llega a tu alma. Ha de atravesar el frío cristal que empaña tus ojos y lo poco que llega a tu corazón no es más que una debilitada luz que tan solo ilumina el pedregoso senderito por donde obligatoriamente has de ir todos los días para que al menos las cosas no empeoren. Vuelves a tu armario, antaño feliz, usado y colorido y sin recordar que hoy ya hace sol, buscas de nuevo, algo abrigado. Lo colocas sin miramientos encima de tu segunda piel. Esperas que pueda espantar a este odioso frió, pero es como si entre la primera y la segunda piel, alguien hubiese colocado hielo, y nada puede derretirlo para calentar tu interior.

Hay que peinarse.
Hay que maquillarse.
Con tres o cuatro gestos aprehendidos mil veces, atusas rápido tu melena con un cepillo que parece hecho de plomo derretido, recogiéndola en una monótona coleta pasada de moda hace siglos. Sientes una punzada en la cintura al hacerlo. Casi agradeces la viva sensación. Tienes agujetas. Pero no de correr precisamente. Se te ocurre la cínica idea de que igual llorando mucho, se aprietan los olvidados abdominales y descubres un nuevo método Pilates o algo así.
Y ahora... hay que maquillarse, en eso habíamos quedado, ¿No?
Para darle a tu ceniciento rostro algo de ficticio color que haga creer a todos que aún hay ánimos, que aun se puede hacer algo, que aun puedes ver las flores blancas y rosas de la primavera aunque ya hace tiempo que parecen no florecer para ti. Para no preocupar, para no ser la peste que todos rehúyen, para.. . ¿parece optimista?
En verdad no sabes para qué finges tanto si da igual lo que hagas. Nada parece querer cambiar.
Ni siquiera necesitas mirarte al espejo. Podrias pintorretearte con los ojos cerrados. Es algo que haces desde los 12 años. Hoy no usaras lápiz ni rimel. Las lagrimas que manan mansamente, acostumbradas a recorrer el mismo camino, mantienen tus ojos brillantes pero irritados.
Repentinamente al salir del baño, vislumbras en el escarchado espejo una imagen que no deseas reconocer.. ¿Quien es esa señora de aspecto ajado, de ojos grandes y tristes peinada como una ancianita y gesto contraído en una mueca de dolor?

Coger el bolso, abrigarse aún más, las gafas de sol, las llaves . Abandonas el refugio. Sabes que pasarán unas horas antes de que regreses a tu trinchera, exhausta de no hacer nada, agotada de sonreír sin ganas, impotente de no poder actuar, asqueada de oír tantas palabras vacías, cansada de golpear un baboso muro que se te aparece bajo agua y que permanece inmutable ante tu rabia..

Colocas un amago de sonrisa en tu cara y sales. Ya en el umbral de la puerta, escuchas con atención pues unos días crees oír tanques, metralletas y aullidos de espanto que te ponen la piel de gallina . Otros, el silencio más intenso parece apoderarse del pasillo que lleva al ascensor y de tu vida, incrustándote un miedo primitivo y grande

Hay que irse.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Relato nº 5: Volver a la Esperanza




Yo me jacto de mis propósitos, no de mis logros” (Antonio Machado).


Volvieron a verse. Volvieron a hablar. Reanudaron. Como si de un tratado de paz –lo que realmente era – o un nuevo protocolo medioambiental se tratara. Y, como en todas los preacuerdos, debates y ponencias bilaterales, las intenciones de cada parte así como sus conclusiones no siempre eran coincidentes ni todo lo cercanas que ambos proyectaron al inicio de aquéllas.
A el le provocaron comedida felicidad, palabra que existe en el diccionario pero cuya definición es tan efímera como su sustancialidad: dura el mismo breve espacio de tiempo que su causa y se van con semejante volatilidad con la que se evaporan las razones de tan esporádico estado de ánimo. Por eso sus esperanzas intentaba amarrarlas con las cadenas de la realidad. No quería dejar volar sus ilusiones para que fueran a estrellarse sobre un mar de decepciones.
Una cosa era cierta, una verdad insondable y, de las pocas certezas absolutas que en su disoluta vida reinaban: la echaba de menos. Incluso sin quererlo; sin pretenderlo; la echaba de menos hasta cuando no la recordaba. Y no sabía qué era lo que realmente le faltaba de ella, pues, ¿qué añoraba? ¿Sus enfados, protestas y negativas? ¿Sus reproches, reprimendas y evasivas? O era aún más inquietante la pregunta: ¿echaba en falta aquello que nunca tuve y ahora deseaba no como un capricho o novedad, sino como una verdadera necesidad del alma y por una simple cuestión de justicia? Sí. Porque nadie se la merecía más que él. O eso se repetía, indudablemente, para levantar su i exánime optimismo. Quizá se había percatado de que estaba sufriendo el mal que describió Shakespeare cuando dijo que “había malgastado su tiempo y ahora el tiempo lo desgastaba a él”. No hallaba una respuesta unívoca, pero, como decía, si que una sola realidad sobrevolaba todas ellas: le hacía falta.
La inminencia de la Primavera no ayudaba. Todo lo contrario. Marzo traía aromas de azahar, de nardo, jazmín y clavel; agua dulce, ribera arrabalera, lirio y farolillos de papel; cucuruchos de galleta y cartón, luces violetas en los balcones y geranios en flor. Aromas, sonidos y colores que se la recordaban en cada rincón; que le hacían tropezar en cada esquina para luego mirar los ojos que me encontraban y ver que no eran de su color avellana.
No había meta; este viaje desconocía su estación término. El simple hecho de haber sacado el billete ya era ilusionante.

Despegar siempre absuelve mariposas estomacales y volar es la sensación más real que jamás podamos tener de la libertad.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Relato nº 4: El Tiempo que no nos pertenece.

El tiempo que no nos pertenece
embala en su mudanza el olvido
y nos devuelve, sin hacer ruido,
la pasión de ayer que no envejece.

Lo malo del tiempo que nos es ajeno
es la reciprocidad que desconoce;
la princesa escapa al dar las doce
y el amanecer no te abraza a su seno.

Lo peor del tiempo caprichoso y furtivo
es su compromiso alternativo,
la asimetría de las emociones,
el azar viajero y altivo
que embarca en su rueca dos corazones:
uno ocupado y el otro cautivo.

viernes, 5 de marzo de 2010

Relato nº 3 : "Baila"





Bailó hasta el amanecer. Disfrutaba con cada paso, cada movimiento sensual de sus caderas y con las miradas lascivas de los propietarios de mil codos apoyados en la barra que no podían separarse de aquella cadencia, las largas piernas girando sobre sus talones ni la melena al viento gris de la noche que ondeaba como bandera de la lujuria sobre el minarete de aquel castillo posmoderno que alguien había llamado “El último trago”.
Estaba exhausta y necesitaba ir al baño. Se excusó ante el trío de amigas que la habían acompañado toda la noche en su travesía de humo, alcohol y frenesí sobre la pista, y se dirigió hacia uno de los lavabos de mujeres habilitados en el garito.
Tras ajustarse las tupidas medias grises, lavarse las manos y remendar el maquillaje desnutrido por el calor, el sueño y el sudor, retomó el escaso pasillo mal y pálidamente iluminado que conducía a la parte central del local.
No encontró a nadie.
No estaban Ana, Carolina ni Laura; tampoco quedaba nadie bailando sobre la pista vacía, sucia y pegajosa. Ni un cliente apurando la última copa en la barra. Ni rastro de los camareros musculosos de la barra de la discoteca, ni de las camareras siliconadas de la parte de arriba, la dedicada a los mirones, solitarios, e ineptos para la danza. Ni limpiadoras ni porteros, ni parejas rezagadas sobre los mullidos sillones sobre los que escanciaban su pasión adulterada, el amor de garrafón del fin de semana.
El desconcierto al principio la inmovilizó. No lograba entender nada. Si se trataba de una broma, estaba resultando ser de poco gusto. De ninguno.
Cuando le volvieron a responder las piernas, bajó hasta la pista. Se asomó por encima de la barra buscando no sabía bien qué: alguien oculto, las pinzas de la cubitera por el suelo: nada. Volvió arriba. Igual. Regresó al baño. Puede que se hubiese excedido con el Brugal aquella noche, o que las madrugadas se le seguían dando igual de mal que siempre. Estaba tal como lo había dejado minutos antes. Por supuesto nadie en los lavabos, urinarios ni haciendo equilibrios sobre diminutos tubos de platino y cristal buscando en la nariz lo que su imaginación no les da.
Se enjuagó con abundante agua la cara y la nuca no fuera a ser que todo aquel ambiente le hubiese trastornado su percepción de la realidad. Pero no consiguió más que descorrerse el rimel y licuarse el carmín. Sola de nuevo al reencontrarse con la surrealista escena. Se dirigió entonces a la salida principal. El miedo la paralizó cuando comprobó que todos los accesos estaban cerrados por fuera. Intentó asomarse por el pequeño ojo de buey que mediaba una de las puertas: oscuridad. Noche. ¿Cómo si eran ya más de las ocho? Volvió la vista hacia el ropero: tampoco estaba la chica encargada del mismo, ni fichas, y sólo vio filas vacías de perchas excepto una que sustentaba su tres cuartos acolchado burdeos. Entró en la pequeña estancia y, con manos temblorosas descolgó el abrigo. El miedo siempre enfría y ella comenzaba a estar congelada.
Antes de subirse la cremallera hasta el cuello y cubrirse hasta las orejas con las hogueras solapas del jubón, percibió que aquello que le golpeaba el muslo derecho a cada paso dado, era su pequeño bolso colgado en bandolera. Frenéticamente buscó el teléfono móvil entre el resto de adminículos cosméticos variados que cohabitaban en tan recoleto espacio. Tenía que haberlo imaginado: no había cobertura; no podría comunicarse con el exterior. Marcó el número de Laura: silencio. El de Ana tras telefonear a Carolina y después hasta veinte contactos más con idéntica respuesta: la nada con voz de operadora enlatada.
Su desesperación iba en aumento. Le faltaba el aire; las lágrimas abrillantaban su visión; sus pies no sabían donde dirigirse, donde seguir sin llegar a ninguna parte. Así pasaron unos minutos que parecieron siglos: del corredor a la salida; de ésta a la pista de baile; de allí a la zona noble de arriba y después al cobijo viscoso de un desvencijado sillón que le diera una tregua al sollozo, la rabia y la impotencia que sentía.
Entonces sonó el doble bip estridente del celular. Abalanzándose sobre el bolso lo sacó y contestó haciendo caso omiso del nombre o número que la llamaba. Tras unos segundos de silencio repitió: “Sí. ¿Quién es?”– con voz trémula –. No hubo respuesta. Ahora imploraba una respuesta entre gritos y llanto. Otros segundos de vacío y después una ronca voz masculina vibró al otro lado del auricular: “Baila para mí. Si lo haces vivirás. Si no, aquí has encontrado tu final”. Se cortó de súbito la comunicación. Le temblaba tanto el pulso que el teléfono se le cayó al suelo. No lo recogió. Abrazada a sus rodillas mientras se repetía mecánicamente las frases de aquella voz ajada y desgarradora. Intentó controlar los latidos de su corazón respirando profundamente varias veces seguidas. Cuando el torrente sanguíneo se estabilizó meridianamente se levantó, bajó los cuatro escalones que la separaban de la pista; inhaló aire de nuevo como si fuera a sumergirse en una piscina y comenzó a bailar. Al principio se movía torpemente atenazada por el miedo, la ropa excesiva, la ausencia de música. Transcurridos diez, quizás quince minutos se deshizo del abrigo y el bolso; tarareaba mentalmente melodías conocidas y pegadizas y los pasos se tornaron más precisos y voluptuosos. Pasaron horas. Se descalzó. Las plantas de los pies comenzaron a sangrar; la cabeza le daba vueltas ante aquel ritmo incontrolable y artificial. El sudor le cubría todo el cuerpo; las piernas comenzaron a flaquear hasta finalmente caer y: la oscuridad.

Abrió los ojos sobresaltada. La imagen estaba borrosa, distorsionada. Acostumbró la vista a la luz, parpadeó repetidamente para enfocar y allí estaban Ana, Carolina y Laura. “Como tardabas vinimos a por ti” –dijo la primera de ellas. “¿Qué ha pasado? – acertó a decir. “Tú sabrás. Estuvimos casi quince minutos más fuera y como no salías entramos y te encontramos aquí, desmayada sobre el suelo”. No preguntó nada más. Se incorporó y salió en compañía de las tres amigas. Se despidieron en la parada de taxis más cercana, donde ya recuperada y como ninguna de las otras vivía en el mismo barrio que ella, entró en el primero que pasó a su altura con el cartel de libre. Le dio la dirección al taxista antes de que éste si quiera la preguntara. Quería llegar cuanto antes a casa. Pero al llegar a la esquina de la avenida que desembocaba en su calle, el taxi pasó de largo. Aún aturdida por el episodio sufrido, tardó unos segundos en preguntar: “Perdón, creo que se ha pasado la salida”. El conductor, clavando sus ojos turbios por el retrovisor contestó: “No, no me he equivocado”. “Entonces, ¿dónde me lleva?” – le preguntó.
- A que bailes para mí.

jueves, 18 de febrero de 2010


Relato Nº 2: Paralelas.


"Un tipo puede cambiar de religión, de casa, de pareja, e incluso de constumbres. Pero hay una cosa que núnca podrá cambiar. Un tipo núnca podrá cambiar de Pasión."

El secreto de sus ojos.


Con un ultimo toke de laca, Lola, considera acabada la tarea. y con ella la dulce rememoración que de los últimos acontecimientos. Matiene grabada, (le gusta mantenerla), la dulce voz de su chico repitiendo su nombre entrecortadamente y casi sin respiración:

- Ana.. , Ana que me matas.Ana por Dios....
(Lola es Ana. Ana es Lola)

Delicioso. ¿Que será lo próximo? Ahora no puede pensarlo , tiene prisa.

Lola es contundente, suave y firme a la vez.. Ya casi no recuerda quien la rebautizó, pero sí que tenía algo que ver con esa canción de redobles tan racial.

Cierra la puerta de su casa. Respira hondo por primera vez y comienza a colocarse a Lola.

Vanidosa y frívola, clava por tercera vez su tacón de casi 10 centímetros en el escalón del portal, mientras el vecino del primero, intenta recoger su correspondencia al tiempo que no le quita ojo de encima al borde de la media que, por casualidad se le ha vislumbrado brevemente en el paso.

Sonríe.

Lola tiene un nuevo trabajo. y necesita sentirse segura y guapa. Este vecino ha cooperado de forma inestimable confirmándole que así es.

No trabaja por dinero. Trabaja por necesidad. Necesidad placentera. Lola y Ana necesitan que les den de comer, que las vistan ,que las saque de paseo, que las quieran. Necesitan trabajar. Y ambas trabajan.Las dos son creativas.

Sonríe nuevamente.

De camino a la parada de taxis, pretende planear un plan de actuación. Qué hacer, qué decir,.Es este un importante trabajo y de su buen hacer, dependen otros muchos. y de esos otros muchos dependen... demasiadas cosas. Equilibrio.

La negra coleta le tira de las sienes. Se rasgan aún más sus almendrados ojos. No hay un cabello suelto. Un buen trabajo. Quizás algo llamativo a saber por las miradas que lleva recibiendo ya un rato, pero desconoce si una vez allí tendrá tiempo para peinarse adecuadamente. En cambio, la ropa interior ha sido todo un acierto. Suave, sedosa, no se mueve ni un milímetro.

El taxista no se cree la suerte que tiene y mira hacia trás dos veces más, para preguntarle la dirección,como si no la hubiese oido. No puede, no quiere, retirar de su turbia,retina las firmes curvas de esta mujer que no habia visto antes por aquí. ¿Como ha conseguido subir de ese modo a la parte de atrás de su coche? Ha sido un segundo. Un segundo felino. El ondular de la larga cola de pelo, le envuelve con un aroma de tálco, miel caliente y clavel. Siente el deseo palpitar. Un deseo inmenso, acuoso. Aceite caliente que se desliza por su espalda. Su mujer le espera. Seguramente tendrá preparada la cena. Una cena seca y de postre, un beso estéril de buenas noches. Se revela. Hoy volverá a salir. Como tantas noches. Hoy quiere algo más jugoso. Esta noche de pronto, todo se ha inundado.

Su intuición y prudencia hacen que Lola decida recorrer el último trecho en metro. Además, necesita inspiración. Le gusta observar. Aprender. Lola es curiosa. Muy curiosa. Se toma su tiempo. Pasea tranquila, contoneandose, tiene tiempo aún. La falda se desliza entre el abrigo y su combinación produciendo un suave sonido... friz... fraz... Un crujir hojaldrado de entretelas que Lola percibe, ha oido el chaval que está parado junto a ella, y que sin disimulo ningúno la mira tras sus gafitas, boquiabierto. Cual anaconda, la Burberrys le aprisona el cuello y resulta cómico verle girar los ojillos alternativamente desde sus caderas a su pecho. ¿Estas mujeres no salen solo en las peliculas antiguas que, a escondidas de la familia, ve su abuelo mientras paladea con fruicción algún dulce?. Esta mujer debe pesar mas de 60 kg, -se dice asimismo asombrado- y en su grupo de amigos, se la consederaría gorda y casi vieja, pero reconoce que nunca en su vida había visto una mujer tan hermosa... No es una buena esposa. De eso está seguro. Tan seguro como puede estarlo un chaval que pasa todo su tiempo libre entre rosarios, abuelas y tias culpables de hasta respirar. Su buena educación le impide seguir mirandola. Está mal. Lo que siente esta mal. Pero sin poder evitarlo, como hipnotizado, haciendo que mira hacia otro lado, acerca la mano libre de guante y roza levisimamente el muslo de Lola. Inspira su aroma y, ofuscado , trémulo, blando y humedo, corre a refugiarse en su cuarto. No esta bien. Lo que hará no esta bien.

Lola sonrie.Casi es una mueca, pero sonrie.

Semaforo en verde. Cruzando, el enorme bolso se le desliza demasiado por el hombro cayendo al suelo. El fuerte sonido de cosas sueltas llama la atención de una señora que la mira sin detenerse y con desdén, al pasar por su lado a paso breve, encogido y patoso. La envidia que lleva, enquistada años hace la señora se hace patente en sus finos labios, cuajados desde hace tiempo en una mueca. Lola es ella en sueños.Vivir una vida y sentir otra. Pero no tiene valor de hacerla real. Y ya es tarde. Lola, sin perder la compostura, serena, recoge su bolso flexionando las rodillas, en un ágil gesto ensayado La falda tubo no le permite mucho más. Se oye un claxón. También un hondo silbido. Se incorpora, coloca el bolso y la coleta en su sitio justo.El conductor del claxon siente incendiarse su interior, cuando como si de una cálida corriente de aire se tratase, lo golpea en las sienes al par que ella levanta del suelo sus parpados maquillados de violeta, lentamente, para hundirle con infinita paciencia sus ojos color verde agua.
Se ha calado el coche.

Desentonado con todo lo que la rodea, llega al andén despreocupada. Comienza la caza. Todos son objetivos. Todos pueden servir. Llega pronto para poder sentarse en una esquina tranquila y pensar y mirar. En su trabajo, Lola se satisface de saber que es pulcra, cuidadosa, eficiente y original en lo que hace. Y, que lo hace con agrado. Por ahora no ha tenido quejas, y el negocio prospera. Empieza a recuperar algo de lo invertido en ese vestuario tan costoso que es parte de su exito. Se mira las uñas. Perfectas. Ayer estuvo más de un ahora con ellas. No lleva anillos. Pueden ser un problema. Tampoco le hacen falta.

Un señor bajito que viste una gabardina enorme y amplias gafas de carey, se sitúa frente a ella. Lola detiene su mirada inquisitiva sobre la mano derecha del hombre, que supone debía haber sujetado el pesado maletin que porta ahora en la izquierda, largo tiempo, ya que muestra los dedos morados. Sonrie. Ahi está el primero. Y seguro que ni él lo sabe. Podía haberse cambiado el maletín de mano hace rato, pero no lo ha hecho. Chico travieso. Autocomplaciente. ¡Con esa pinta de representante gris!. A ella ya nada le sorprende. Pero sí que le divierte. Lola es jugetona.

Sin perder de vista al marmolilllo gris, su atención se desvia hacia una chica que entra en su círculo de visión .Viste ropas de calidad, holgadas, neutras, correctas y anacrónicas. Sujeta su recortada melena con horqullas negras. Está incomoda. Eso esta claro. Pero...¿ Por qué?

La gabardina se sienta. Se coloca el maletín entre las piernas, y mueve sus diminutos pies de una forma curiosa, de un lado a otro rapidamente, como si le estuviese grande o pequeño el zapato. Ummm...¿Nervioso? Sujeta una goma trasnparente entre los dedos y la enrolla en el anular. Una vuelta, otra más, y otra. ¡Aja!. Vuelve a mover el pie. Parece que algo se le ha salido del zapato.

La chica parece cansada. Se retira a una esquina. No levanta la vista del suelo. En la siguiente parada un impertinente grupo de gente entra en tropel y la empujan. En su rostro se adivina entonces, el dolor. ¡¿Donde?! Lola dilata las pupilas. Entiende. Se le dispara la adrenalina.La mira con interés. ¿Será posible semejante pieza? Pero el gesto de la chica indica que no es lo que Lola espera y, decepcionada empieza creer que sabe lo que ocurre. ¿Es eso un rosario? ¡Si! Asi que es eso...¡Que desperdicio! -se lamenta-

El caballero se remueve inquieto. Parece haber perdido algo. Lola le presta atención nuevamente. Con un rápido movimiento, el hombre recoge lo que parece ser una piedrecita blanca del suelo y los labios de Lola se humedecen de puro placer cuando observa como vuelve a introducir la piedra en el zapato. ¡Chico malo, chico malo! ¿Lo sabe tú mama?

Sonrie.

Está llegando a su destíno. El metro no la ha defraudado. Finalmente no ha sido necesário planear ninguna estratégia.Tiene toda la "documentación" que necesita. Al levantarse para salir del vagón, mira por última vez a la chica que, sentada, deja entrever tras su ajustada falda de monja una marca que desde luego no es de un ligero. Lola piensa para sí que si la chica quiere seguir donde está ,deberá aprender a llevar eso y redefinir su idea de placer. Pero no le interesa tanto como para dedicarle ni un segundo más,

Lola respira hodo, nuevamente. Ya es completamente Lola. Levanta la cabeza dispuesta a comerse el mundo al bajar de éste en el que se encuentra, pero antes, se acerca discretamente al hombre de la gabardina y le desliza como una culebra, una tarjeta, entre la chaqueta y la gabardina.El caballero no tiene tiempo de reaccionar ,cuando Lola abandona el vagón.


Dobles vidas. Vidas paralelas.. Si no fuese por lo doble, ¿Que seria de la vida?







miércoles, 17 de febrero de 2010

Relato nº 1: Otro San Valentín


“He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.”

(Roberto Bolaño).




Madrid me tuvo que conquistar mucho antes de que fuera un campo de batalla salpicado por trincheras vacías y zapas interminables. Me atrapó en el tiempo que aún no había visto un elefante ni una jirafa y el zoológico me pareció un pedazo de Kenia en mitad de la capital del imperio; en el tiempo que me acechaban vampiros en cada rincón oscuro del pasillo y encontré a Drácula de cera junto a la Castellana; en el tiempo que coleccionaba cromos de Butragueño y en el Bernabéu alcancé a ver la luz blanca que me tiró del caballo de la indecisión y me convirtió en fiel creyente de la fe merengue. Incluso, cuando, pasados los años y perdidas ya muchas ilusiones, el autocar que llegaba a América, me paró en la esquina donde creí recuperar un tiempo perdido que ya no me pertenecía. Y que nunca volvió a pertenecerme.

Quizá no deba achacarle tosa la responsabilidad de mi desamor a la ciudad. Quizá yo, como ella, tampoco soy ya el mismo; también tengo agujereado el centro neurálgico de mi alma; también vallan mi corazón señales de peligro, lo socavan pozos profundos, heridas que ya no sangran pero que marcan los vados, los pasos a nivel que sortean sus cicatrices, sus ñapas y costras.
Cuando me dijo que ya no había lugar para la poesía tenía que referirse a algo parecido a esto. A este vacío físico, no existencial. Siempre ocupamos un lugar en el espacio aunque no sea ni el sitio ni en el momento que queremos habitar. Los vacíos siempre responden a la falta de algo, de alguien, de otro cuerpo, de otras manos, de otra voz. El silencio es el vacío extremo. La nada que te envuelve al llegar a casa deshabitada excepto por el propio aliento, el olor conocido. El silencio ocupa su propio espacio y el mío lo monopoliza.

El espejo es otra máxima expresión del vacío físico. Un cristal que sólo se dedica a reflejar constantemente el mismo rostro, los mismos rasgos, no contiene más que la nada propia del que a nadie tiene más que a sí mismo. Los pasillos que se estremecen por la ausencia; los colchones estrenados únicamente por uno de sus lados. La cubertería sin estrenar excepto por una cuchara de café, un tenedor y un cuchillo para la carne que andaba por allí, que tampoco será más la carne en la que te quisieras mullir.

Vacío. Soledad. Cuatro millones de personas a mi alrededor, ocho millones de ojos que te miran sin encontrarte y dos pupilas que sólo tienen ojos para un hombre que ya nunca seré yo.