Igual que las respuestas que busca,
Glauca es ambigua.
Nace del fondo y en el fondo.

Glauca dice :¿Por Qué?

Ad Hoc

martes, 1 de junio de 2010

A Todos y Todas:



A Todo y toda, todos y todas, bichos y bichas, amebos y amebas:

Comprendo perfectamente, que no podáis resistiros a entrar en este fabuloso Blog, que es el mío, lleno a reventar, de contenidos sumamente originales, excelente redacción e impoluta ortografía. Lo comprendo. Calma..calma… lo se.. También, entiendo que la tentación de dejar comentarios en él resulte del todo irresistible, casi tanto como estei estupendo blog.
Peeero…y ya vamos en serio:
En las últimas entradas, sucede que lo que en un principio me podía divertir, ya me empieza a enfadar. Me explico amables lectores/as..(Qué cansado es ser tan correcto¡)
En primer lugar, insisto en lo que he dicho en otras ocasiones y es que acepto, respeto y agradezco casi cualquier comentario que en él dejéis. Primero por el tiempo que me dedicáis y segundo por la ayuda que me prestáis con vuestros comentarios. Esto es muy importante para mí.
Pero observo que estos comentarios están dejando de ser constructivos para convertirse en un absurdo pique entre anónimos, críticos y demás perdiendo por tanto el sentido que en mi humilde opinión, tiene dejarlos en un blog.
Ciertamente, pienso que debieran existir comentarios de todo tipo. Positivos y negativos. Eso ayuda mucho a la redactora, en este caso; yo. Y de este modo apoyo la idea de un visitante. Pero también es cierto, que los positivos son agradables de oír, y pueden ser sinceros. O...eso quisiera creer yo. No considero que por el mero hecho de ser amables mientan o “babeen”. También reconozco que en ocasiones, esos comentarios positivos han conseguido que me anime, que no decaiga y vuelva escribir un relato. Mejor o peor, pero a escribirlo y eso es mucho. Por ello deseo volver a dar las gracias de todo corazón. A veces uno tiene la tentación de abandonar, porque querido Critico… no hay nadie más critico conmigo misma que yo. Sé lo que escribo y como lo escribo. Soy consciente de mi medianía y en ocasiones vulgaridad, pero si a alguien le gusta, me doy por satisfecha. No piensen ustedes que los halagos me hacen volar y alejarme de la realidad. Ni por asomo.
Y tampoco crean ustedes que con esto doy a entender que solo agradezca los halagos...No¡¡¡ Las críticas son interesantes siempre que no falten al respeto de nadie, ni elucubren fantasías, ni denigren los comentarios de los demás. Es fácil creer que se escribe pensando en alguien, comentado una circunstancia, haciendo referencia a un hecho.. pero yo quiero dejar bien claro que aunque en todo hay parte de mi, todo puede ser fantasía. No piensen que voy a revelarles mis secretos ahora¡¡ JA
Así que, por favor, tomensen esta entrada como una petición de templanza, y sobre todo como una expresión de agradecimiento.

sábado, 29 de mayo de 2010

Uououou y granadina con hielo.

Imagina la escena querido amigo:



Cansada, la limpiadora de los vestuarios da las últimas pasadas a las instalaciones ya vacías a esas a horas con la vieja fregona, antes de marcharse finalmente, con toda probabilidad, a poner los pies en alto. Es sábado...!que menos ¡ , piensa ella. Aunque la tarde, benigna , acompaña y tal vez, no este de más, darse un paseo con su novio.
De pronto, la sorprende lo que parece ser una risa suave y picarona. Estaba casi segura de que ya no había nadie, pero no hay duda de que de las duchas femeninas proviene una divertida risa.
Prudente, se acerca a la puerta y comprueba que no hay nadie en los vestuarios así que asoma la cabeza por la puerta de las duchas, donde contempla un tanto asombrada, a una mujer con la cabeza sujeta por las manos, con los ojos cerrados, baja el agua y aun con una sonrisa en los labios.
La limpiadora debe estar de buen humor porque casi se resiste a interrumpir a la chica en sus risueños pensamientos.
La mira una vez mas, siente curiosidad y se retira discretamente dejándola terminar.

Justo entonces, la chica cree que ha oído unas pisadas y abre los ojos mirando a su alrededor. No hay nadie.
Sube la temperatura del agua y se vuelve de espaldas para terminar de enjuagarse el pelo recreandose de nuevo , en el placer y en el descanso que siente su cuerpo entumecido, después de media hora surrealista en una piscina olímpica de agua templada con el sol de tarde filtrándose por el final de las calles centrales y donde tan solo se oía su respiración, el golpear de su corazón frenético y un dulce y rítmico chapoteo.
Aun lleva prendida de la muñeca una espantosa pulsera de cristales de colores que ha encontrado en el fondo de la piscina. Suele ocurrirle. No es ninguna novedad, pero añade un punto más de extrañeza a esta tarde de color albaricoque que comienza a sonar a olas de mar.
Otro más, porque casi se cae de las sandalias cuando al salir del agua, ve unas letras enormes impresas en un bolsillo lateral de la mochila del salvavidas; ARCADIA.

Termina de secarse. Con parsimonia.¿Que sensación no tener prisa ¡ Ha decidido no tenerla esta tarde que se va a dedicar .No podría ser de otro modo. La cabeza la lleva embotada y el alma le arde.
El cosquilleo del agua fría resbalando por la espalda le arranca otra risa, y vuelve a imaginar que cuando ella dentro de un ratito, ande por el salón de su casa con el pelo envuelto en una toalla, escuchando los acordes de Diana Krall y con una granadina con hielo en la mano, en otra habitación, lejos de allí, donde un bebe duerme y unos amigos toman unas cervezas, un personajillo de ridículos ricitos, canta por televisión la dichosa cancioncilla del ouououo,…
E imagina que tal vez, quizás, a alguno de los que rien y conversan en esa habitación le apetezca durante el tercer gritito eurovisivo escaparse a bordo de la nave hacia mundos donde reine el silencio azul marino y las sirenas saluden a tu paso.

sábado, 15 de mayo de 2010

Relatonº 8. Felinas



Levantaba su cabeza de cómics manga de la almohada color marrón y lo primero que demandaba todas las mañanas, todas las que pasé con ella, era su desayuno. .El desayuno era suyo.Era su demanda.Su imperiosa demanda. Consentida, su capricho era dispuesto todas las mañanas. Rápido, reclamaba su aniñada e irresistible voz de caramelo. Lo devoraba con más apetito si cabe, que cualquier otra comida del día, excepto la de después de la siesta.

Siesta con S.Con muchas S. Liquidas, pero ..no demasiado, espesas pero.. fluidas...

Siestas,
Devorábamos Siestas

Sus enormes ojos, siempre brillantes , incluso ahora en mi memoria, mutaban caprichosos según tu antojo. Con curiosidad me complacía enormemente observarlos, intentando casi siempre en vano, pero esperanzada, inmiscuirme en tu ánimo, abrirme paso hasta tu alma, constantemente oculta para mí, con el oscuro, aunque admitido deseo de poseerla .

Limpios en las frescas mañana, curiosos durante tus complejos días, ardientes por las húmedas tardes, soñadores de imposibles en las breves noches, e insomnes en las negras madrugadas,.. eran una fuente inagotable donde beber. Beber de ti.

Cuando llegaban,.. las tardes, eran un paraíso en llamas.

Comenzaban siempre cuando Serpenteando despertabas de tus 15 minutos de evasión que te permitías disciplinada, todos los días y con la voz, aun gomosa, reclamabas dulce pero firmemente mi presencia. Prestos, los segundos se escapaban entre mis pies torpes, al ir a tu encuentro.


Te encontraba allí, desnuda, blanquísima, febril, blanda y perfumada en ti misma. Ninguna delicia se te asemejaba. Nada había que pudiera en ese momento arrancarme del imán que era tu piel. Con las pupilas dilatadas, posaba mi mirada con descaro, en tu pecho que, acompasado al ritmo continuo de las olas que se oían a lo lejos, se elevaba tembloroso, junto a tu casi imperceptible respiración. Tan honda.. como si procediese del pozo sin fin que riega la siembra.
Como tierra negra y fértil, joven, despejada, después de su barbecho, buscabas el riego, el sol, la mano fuerte y decidida del hombre entrar en ella, en ti, sabiamente. Encontrabas al instante en cambio y sin desagrado, la mía con facilidad y, con los ojos aun cerrados, la dirirgias hacia tus deseos aderezándo el gesto con tu sonrisa de frambuesa pícara


Como si tu piel no rozase la sabana, te contoneabas con premeditada provocación, , deslizándote por ella sin esfuerzo, invitando y anulando la invitación una y otra vez, con la única intención de volverme aun más loca tras tu busca. Y te buscaba.Te buscaba con la boca ansiosa, te buscaba con las manos trémulas. Y, misericordiosa me otorgabas en cada vez , un trozo de tu blanco cuerpo; tu estrecha y huesuda cadera, dos segundos, un hombro con sabor a manzana, tres, el tobillo insultante, picante,.. Y... te apartabas. Tu risa; una malvadísima y gorgojeante carcajada elevaba tu soberbia barbilla con deleite, hasta la altura de mi boca, hecha agua fina por ti. Tus piernas enredadas entre mis brazos, mis brazos enrededados entre tus piernas, iban y venían multiplicándose en número y llevando al límite mí ya desbocado deseo.

Generosa, permitías un descanso a mi labios hinchados y ebrios de tanto besarte y, como si parases conscientemente el reloj, te acercabas a mi … despacio,… muy…despacio, más de lo que cordura alguna puede soportar.Rozabas… suave…muy suave… con tu aliento fresco primero, y… mas tarde,… mucho mas tarde… con tus labios,… los míos, que parecían alimentarse de ti reuniendo fuerzas nuevamente.
Bruscamente, con un calculado gesto fruto de la impaciencia, inmovilicé tus brazos largos, como mi espera, sujetándote con una furia que nacía de mi vientre y, montandote, te miré,.. te miré con deseo... Tu rostro, inmutable, no mostraba sorpresa.Tu risa se deslizaba por mi nuca erizandome la piel e, irónica, no desaparecía, de tus hermosos ojos achinados. Esos ojos, tus ojos enormes se abrian entonces, impactándome como dos meteoritos de fuego, para siempre.

Miraban con desafío, haciendo crecer en mi interior una hoguera de vanidad y lujuria insuperable.


Te dejabas devorar deliciosa, como hacías con tu desayuno. Te dejabas Mercer, te dejaste caer, te disolvistecomo miel entre mis caderas, entre mis brazos, abriendo sin pudor las torneadas piernas, abriendo de nuevo hambrienta la boca, abriendo los brazos, invitándome si reservas, a olerte, a saborearte, a entrar y salir de ti sin limites.
Y sin límites, sin ningún límite me hacías hervir de placer.
Malvada y femenina, buscabas lo que tú ya tenias después, y sin límites, sin límites, ardías en placer.


Felinas, enzarzadas, con la locura aún visible en las mejillas, con la sangrienta laca de uñas en la piel de la otra, caíamos, cesabamos la lucha, finalmente agotadas después de bailar tumbadas por nuestro tatami particular. Caiamos agradecidas en otra breve siesta de otros 15 minutos. Minutos en los que tu boca entreavierta sujetaba mis parpados tendentes al sueño.



Asi fueron, asi deseo recordar todas las siestas de aquel caluroso verano donde como en mis sueños adolescentes, la luz naranja de la tarde andaluza y salada, se colaba curiosa, por las rendijas de la persiana que nunca cerrabamos completamente, pintando de oro nuestra piel y nuestros sueños.


Dicen que la perfección solo se alcanza una vez. Nosotras desafiandola, la alcanzamos muchas.Creo que enfadada, se vengó rehuyendonos.

Como el verano, tu estancia a mi lado fue corta, aunque intensa. Y prometiendo volver con la estación, abandonaste nuestra sala de baile.

Durante los inviernos cuento los dias para que de nuevo mi piel se tiña de oro. Pero como si de un nuevo y apocaliptico mundo se tratase, las nubes ya no se alejan de la tierra.

Con fe, permanezco esperando ,siempre esperando, que Persefone sea de nuevo devuelta por Hades a la tierra y pida con un ramo de espliego en la boca, su desayuno.

jueves, 13 de mayo de 2010

Relato nº 7.Los ojos negros engañan

Recuerdo ese rincón de la mesa donde te sentaste una vez y donde nunca jamás nadie se podrá sentar de nuevo.

No recuerdo el número exacto de cartas encendidas que te he escrito desde entonces. Algunas, las más cobarders y las más arriesgadas, nunca te llegaron, pero irremediablemente quedaron escritas para siempre pues siempre se imprimieron con tinta roja, con lágrimas calientes, o con Amor.

Recuerdo tu primer viaje lejos. Era muy lejos de mí. Donde el frío mata y crea.
Ingenua, no creí que te ibas, y cuando volviste embargada de honda alegría, no creí que habías regresado y, mi corazón joven, golpeó con furia mi pecho y mis sienes anhelando abrazarte y agarrarte, como hicieron mis manos frías.
Pero no lo consiguieron nunca. En cambio con un acto inconsciente y voluntario yo me encadené a ti .

No quiero, no quiero recordar lo que tanta desazón crea en mis múltiples pesadillas nocturnas y diurnas; tus ojos entre tristes e incrédulos verme marchar casi con alivio. Quisiera que el recuerdo fuese otro, pero esos ojos que sabían sin saber, me miraban sin comprender. ¿Como se puede comprender el amor si no se ha amado? Como,.. Si se ha olvidado por el camino diario, amar. Marchar para una semana, para unos días, marchar a la habitación de al lado, marchar a tu lado, marchar para siempre, y siempre con un desesperado te quiero en los labios, la más sangrante suplica de amor de un corazón humillado.
Suplica de amor. Suplica de de paz. De paz, por Dios… de paz. ¿Suplicar amor?

Recuerdo tus botas. Su color, su forma, y sus costuras. Decías que como tú, permanecerían siempre. Porque tú como ellas, no cambiarias. Pero su color se tornó impreciso, su forma grotesca y la unión que le proporcionaban sus costuras, se disolvió en el tiempo.

Ya no recuerdo cuantas de mis tardes, de mis noches y de mis tristes mañanas pasé tan angustiosamente sola. No las quiero recordar porque sí que recuerdo que no me hacías compañía ni estando a mi lado. Aunque jurabas desearlo, solo era mi piel la que rozabas.

¿Recuerdas tú los honestos amaneceres escarchados que sonaban a gaita? Convencida, los soñé para los dos, pero recuerdo que te ansiosa, te busqué uno tras otro, y no te encontré. Cansada, contigo a mi lado, regresamos cada uno en una dirección. Aunque conmigo siempre viajó el amor.

Recuerdo la intensidad de tu olor a lluvia de verano, tu mano caliente, tirando de mis fuerzas, los hermosísimos ojos negros que creía me hablaban de nobleza, tus colmillos afilados y fieros, tu gesto amenazador, tu garra y tu posesión. Y mi arrebato, mi abandono total y absurdo, mi confianza en la sinceridad de dos piedras negras y frías que nunca ardieron más que por ambición.


Una gran extensión, un hondo silencio, un prado verde intenso, nubes gordas y satisfechas, lluvia fina y tibia, claros dispersos de azul turquesa, unos zapatos que suenan al compás de una música antigua y racial, una cerveza y varios whiskys en tu pecho sin abrigo, una barra, amigos de mil nacionalidades, conversaciones ajenas, tu boca, enorme de blanca sonrisa y selecta risa,..ah… tu risa, tu risa….el profundo olor de esa desconocida colonia, tus terribles cejas y su constante enfado, tu nariz suave, tu eterna cruz de plata, la nuca firme y llena, el pelo fuerte , poblado y fuerte y tan negro…
Tan negro como mi recuerdo de ti.

sábado, 1 de mayo de 2010

Reflexion nº 3. Madrid en Primavera

Madrid.



Aquí no hay azahar,
pero como si lo oliera;
aquí no escucho el rumor del agua clara,
pero como si la bebiera.
Aquí la gente acelera
no pasea; convirtiendo
cada adoquín de la acera
una curva peligrosa.
Aquí no se grita,
se conversa; la pasión
se ahorcó en la Bolsa
el mismo día que la razón
ninguneó al alma y…a sus cosas.
Aquí no vive nadie,
trabaja; los bares son despachos
y las barras notarias
donde la compostura impone su tiranía
y la amistad no es más
que pura cortesía.
Aquí no se ama,
se conoce y negocia
con la barbie de la esquina,
o con la madura moza
que opositaron a señoras de
y acabaron divorciadas de don
y amantes del Cardenal Mendoza.
Aquí no se conoce nadie,
ni nadie quiere conocerte;
eres un número, un apellido,
un pasajero, ¡no vayas a quedarte!
No tengo la intención caballero;
soy del sur, de su acento,
de sus calores y su arte;
de sus ferias en Primavera
y Carnavales en Cuaresma;
de sus terrazas con manzanilla
y el chascarrillo del vecino;
donde hasta usted, “esaborío”
todo el mundo le llama “primo”;
Soy del sur,
de mujeres morenas
con la mano en el talle;
de ojos castaños
y fuego en la sangre
que sigue siendo roja
como el clavel de su boca.
Soy del sur,
del empedrado de sus calles
y el empinado de sus cuestas;
de paredes encaladas
y barrios sin puertas.
Soy del sur,
nada más tengo
que los lunares de mi piel
y el bendito recuerdo
de un atardecer
que me recuerda
de dónde vengo.
Y dónde he de volver.

lunes, 26 de abril de 2010

Relato nº 7. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?


La mejor manera de librarme de la tentación es caer en ella. (Oscar Wilde).

Me había pedido mi editor un relato corto erótico. Corto: a mí que siempre me tachaban los críticos más feroces e implacables de “barroco, excesivo, ampuloso y grandilocuente”. Era el primer reto. El segundo era aún más complicado: erótico.
Sin saber muy bien qué me había conducido a ello, vivia un extraño celibato voluntariamente adoptado. El sexo que tanto me obsesionó en su momento, había perdido dosis de interés, capacidad de asombro, carestía de nuevos hallazgos y poca o nula capacidad lúdica de mis últimas parejas.
Andaba en estas tribulaciones, garabateando la página de cuadrícula azul de mi viejo bloc de notas; con la mirada perdida en el firmamento de botellas sobre los anaqueles infinitos que brillaban al otro lado de la barra en la que, acodado, buscaba la inspiración en las doradas lágrimas del segundo whisky. Frecuentaba aquel piano bar. Los camareros se habían acostumbrado a mi peculiar sentido del humor; su cercanía no sobrepasaba los límites de la discreción y la clientela frisaba una media de edad sin cabida para la pubertad. Definitivamente, me sentía cómodo allí, probablemente porque todo me parecía lejanamente familiar. Por eso me sorprendió verla allí.

Me había girado levemente al escuchar la pesada hoja de cristal que insonorizaba todo el local, abrirse no sin dificultad. Cuando me despreocupé de las nuevas caras que entraban, me topé con aquel par de piernas tan lejano para mis manos, tan cercano en mi recuerdo. Sólo podían pertenecer a ella.. Su larga melena atornasolada me daba la espalda. Un ceñido vestido beige escote palabra de honor dejaba al descubierto sus pálidos hombros y tendía a la tenue luz filtrada por los ventanales algunos de los lunares que moteaban su espalda y permitían que estampadas medias cubrieran los muslos, rodillas y tobillos que aún me perseguían por los tortuosos pasillos del deseo.
La acompañaba una mujer de mediana edad tan anodina ante sus labios de mariposa de alas extendidas y sus ojos, que lo decían todo sin hacer ruido, que no mereció mi atención más de lo justo para decidir que mejor quedarme ante mi hoja vacía y mi vaso medio lleno, pues entre otras cosas, no sabía qué podía decirle media vida después de la última vez que me besó, que la última vez que la perdí;
Pero mi decisión llegó más tarde que el giro perversamente estudiado de su cuello que mecía los cabellos crisol de caoba y azabache. Sus ojos se clavaron en mi retirada y su voz pronunció, sorprendida, mi nombre, enterrado en los arcenes de su olvido. Desocupé mi corner del mostrador y me dirigí hacia el otro lado del local, a ese otro extremo de mi pasado que me esperaba a menos de cinco pasos.
Tras un efímero lapso de mutua incredulidad desengañada, me presentó a su amiga que respondía al estúpido nombre de Feliciana y que, vista de cerca, confirmaba todas las atroces sospechas que la inmediata lejanía ya auguraba. Por suerte, Feliciana ya se iba..
Ya solos, dos miradas enfrentadas. La mía intentando escapar de sus pestañas como telarañas; la suya buscando las huellas que el tiempo había dejado en mi rostro y en mi cuerpo. Mi pelo entreverado de plata y carbón; el hoyuelo de la barbilla amplificado por los años. Yo no pude evitar detenerme en un escote más generoso que mi recuerdo, ni en aquellos malditos labios, carnosos goznes de las puertas del paraíso y del infierno a un mismo tiempo. Se interesó por mi estado civil a lo que yo respondí que “soltero por vocación y solitario por elección”.
Sin descubrirme el suyo, mi respuesta accionó un escondido resorte que comunicaba su vientre con el cerebro deteniéndose en la jugosa boca que sin más conversación espetó: “Llévame a tu casa. Ya.” No me detuve ni a pagar. Con un gesto le indiqué al camarero que me lo apuntara mientras con la mano derecha ya le abría la puerta antecediéndole la salida del garito, la entrada al desenfreno.
Por suerte, la casa estaba virando un par de esquinas. Ni una palabra alfombró el trayecto; ni la subida hasta el piso por el ascensor trasbordador del séptimo cielo. Traspasamos el umbral. No me dejó ni que le ofreciera una copa, pues nada más abrir la boca ya tenía su lengua en mi garganta. Me arrojó sobre el sofá de dos piezas y susurrándome “no preguntes nada más” desabrochó de dos en dos los botones de mi camisa. Devoró el antiguo aroma de mi pecho con la misma lengua que me había dicho adiós; mordió pezones, cuello y abdomen mientras sus uñas resbalaban entre los recodos de mi cintura. A tientas desabroché su vestido carmelitano, descubriéndome el acierto un pecho con olor a clavel y formas de mujer lejos de la niña que había conocido. Las medias parisinas dejaban libre el acceso a su entrepierna, a las ingles de espliego y al sexo derretido. Abortó mi primer intento de invadir sus terrenos, retirándome las manos y aprisionándolas con el cinturón que un segundo antes aún ceñía mis pantalones ahora por los suelos. Apretó mis muñecas con un tirón fuerte de correa que ajustó al último agujero de aquella, cortándome el riego sanguíneo, ya concentrado en el pene hinchado y erecto que ella introdujo, sin avisar, en el prodigio húmedo de su boca. La lengua me recorrió de arriba a bajo y de lado a lado . Su mano derecha aprisionaba mis testículos con un sube y baja vigoroso, casi violento. De súbito, cuando ya sentía que me hormigueaba el vientre y flaqueaban las rodillas, liberó mis manos de su yugo de cuero y mi pene de sus húmedas embestidas. Con un rápido movimiento deslizó el cinturón por mi cuello, apretándolo todo lo que dio de sí, permitiendo únicamente la dosis necesaria de aire que necesitaba mi cuerpo enervado y perlado por el sudor para cumplir con su imperiosa orden: “Ahora fóllame. Fóllame”. Reclinó su cabeza sobre uno de los brazos del sofá mientras mis manos aún trémulas por la presión a la que habían sido sometidas la despojaron de las bragas empapadas del deseo ahogado durante tanto tiempo. Me introduje con cuidado, indeciso, intentando recordar el camino que ya no frecuentaba; no hizo falta. En cuanto el glande comenzó a perforar su sexo mojado y palpitante, asiendo con furia el extremo de la correa me atrajo para sí, penetrándola completamente. Mis acometidas en principio suaves y pausadas poco a poco fueron acelerándose; sus uñas se fundían con mi espalda y dos bocas se buscaban entre jadeos, palabras entrecortadas y lenguas resecas por el ardor. Cada latido henchía mi cuello; el ritmo incesante se detuvo un momento para su desesperación. Al tirar del cinturón ordenándome que siguiera, abrazándola de la cintura, la coloqué sobre mis rodillas, dándome la espalda. La penetré sin la curiosidad de sus ojos, alargando mis dedos corazón y pulgar derechos hasta su clítoris indiscreto, pulsándolo a cada empellón de mi pene enloquecido. Sentí el rigor de sus caderas y el anegamiento de su vagina y de su vulva. Su cabeza la descansó sobre la mía al tiempo que ambos estallábamos en un orgasmo silencioso, ahogado y eterno.

Se vistió sin decir nada. Se despidió chasqueando un beso desde el dintel de la puerta.
Al entrar en el baño vi un número de nueve dígitos de carmín sobre el espejo y un imperativo subrayado: “Llámame”.
Por una vez el final satisfizo a todos. Yo tenía su teléfono; ella tendría su esclavo. Y mi editor, su relato.

viernes, 16 de abril de 2010

JOAN MANUEL SERRAT - Para la libertad (completo)



Para la libertad

Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho. Dan espumas mis venas
y entro en los hospitales y entro en los algodones
como en las azucenas.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño
y aún tengo la vida.